Mi viejos no están en casa

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El martes a la mañana, el barrio estaba en silencio. La mayoría trabajando, los chicos en la escuela. Yo estaba en mi patio, tomando mate, cuando vi a Julia asomarse por la ventana de su casa.

Me saludó con la mano. Desapareció un segundo y después apareció en el jardín, con un shortcito que apenas le cubría las nalgas y una remera blanca tan fina que se le marcaban los pezones.

—Diego —dijo, acercándose al cerco—. ¿Estás ocupado?

—No, tranquilo. ¿Qué pasa?

—Mis viejos se fueron a trabajar. Los dos. Vuelven recién a la noche.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Y quería saber si... si querés venir a casa. Tengo unas ganas de tomar mates pero no sé hacerlos.

Sonreí.

—¿Nunca tomaste mate?

—No. Bueno, sí, pero los hace mi mamá. Yo sola no sé.

—Pobre nena —dije, levantándome—. Voy a enseñarte.

Crucé el jardín, salté el cerco bajo que separaba las casas y entré con ella. La casa estaba impecable, ordenada, con olor a limpio.

—Pasá —dijo ella, nerviosa—. La cocina es por acá.

Entramos. Puse la pava en el fuego, preparé el termo, cebé unos mates. Ella se sentó en la mesada de la cocina, con las piernas colgando, mirándome.

—¿Siempre tomás mate? —preguntó.

—Siempre. Es lo único que me queda de mis abuelos.

—Qué lindo.

Nos quedamos en silencio un rato. Yo cebaba, ella tomaba. Pero sus ojos no se despegaban de mí.

—Diego —dijo de repente—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Dale.

—¿Vos... con cuántos años empezaste?

—¿Empecé qué?

Ella se sonrojó.

—Ya sabés. A hacer... cosas.

La miré. Tenía los ojos brillantes, las piernas apretadas, el cuerpo tenso.

—A los quince —mentí, porque en realidad había sido antes—. ¿Por qué?

—Porque yo tengo diecinueve y nunca... nunca hice todo.

—¿Todo?

—Todo todo. Lo que se hace en la cama.

Dejé el mate sobre la mesada.

—¿Y querés?

Ella asintió.

—Pero con vos. Con alguien que sepa. Que me enseñe.

Me acerqué. Me paré entre sus piernas, que colgaban de la mesada.

—Julia —dije—. ¿Estás segura?

—Sí.

—No hay vuelta atrás después.

—Lo sé.

Le levanté la remera. Tenía las tetas perfectas, grandes, duras, los pezones ya puntiagudos. Me incliné y las chupé, una por una. Ella gimió, agarrándome la cabeza.

—Así —susurró—. Así, chupamelas.

Posted Feb 17, 2026, 3:10 AM UTC

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