Capitulo 6

NSFW

Si los meses anteriores me habían hecho descubrir un fuego que no sabía que llevaba dentro, aquella noche del viernes me soltó un poco más… me sentí juguetona, valiente, casi sin vergüenza. Llevábamos varios meses juntos, y aunque cada uno seguía en su casa, cada encuentro con él me hacía sentir más segura para pedir, jugar, verme en acción.

En la mañana de aquel viernes llegó su mensaje: “Buenos días peque, ¿nos vemos a las 20:30 en mi casa?”

“Buenos días cariño, perfecto,” respondí breve, pero con una sonrisa que ya me calentaba el cuerpo.

A las 20:35 toqué el timbre. “Hola, vengo del seguro,” dije entre risas cuando abrió.

“Suba, suba, que tengo unas cositas para enseñarle,” respondió con esa voz grave que me eriza.

Su piso era típico de hombre soltero: dos habitaciones, salón-comedor amplio con cocina integrada, paredes blanco roto, parquet madera clara, TV grande y su equipo de música. Todo muy masculino, ordenado pero sin alma femenina. Me esperaba en la puerta: pantalón y camisa negra que marcaban su cuerpo, olor a colonia masculina, tabaco y whisky, un olor fuerte que me llegó antes que él. Le di un beso rápido y le entregué la botella.

“Mira lo que te traigo.”

“200 monjes… has dado en el clavo,” dijo agradeciéndomelo con otro beso más profundo, su mano rozando mi cintura.

Nos sentamos en la barra de la cocina. Abrió la botella y la dejó respirar unos minutos —el aroma del vino tinto subiendo lento, mezclándose con su colonia—. Sirvió dos copas.

“Por estos meses juntos,” brindó.

“Y los que vendrán,” respondí, chocando el cristal con una sonrisa pícara, el vino calentándome ya las mejillas.

“¿Sacas algo para comer?” pregunté. Me miró con esa sonrisa en sus labios carnosos que me ponía roja al instante. Sacó un par de quesos y jamón. Picoteamos mientras nos poníamos al día de la semana: risas, anécdotas, el vino bajando suave y el calor subiendo por mi pecho.

Me dio un beso lento, me cogió de la cintura y me guió por el pasillo hacia la habitación. Por el camino me fue desnudando —aunque el pasillo era corto, se tomó su tiempo: botón a botón, cremallera lenta, caricias que me erizaban la piel, el roce de sus dedos sobre mis pezones dejando un rastro caliente—. Cuando entramos, me sentó en el borde de la cama. Miré hacia el armario y solté un grito entre risas:

“¡Nooooo! ¿Dónde están las puertas antiguas?”

En su lugar había dos correderas nuevas con espejos enormes de lado a lado. Encendió la luz: tenue y cálida, pero suficiente para verlo todo. A mí nunca me ha gustado hacer el amor a oscuras… y esto era un regalo inesperado.

“Voy a por el vino,” dijo y me dejó allí, completamente desnuda frente al espejo. Me miré con algo de timidez y pudor al principio: mis pezones ya erectos, mi coñito empezando a humedecerse, mis labios hinchándose de excitación. Me sentía expuesta… pero también poderosa, como si el espejo me invitara a verme de verdad, a jugar conmigo misma.

Apareció desnudo con las dos copas y un bote.

“¿Qué es eso?” pregunté.

“Nata en spray,” respondió..“

¿Y las fresas?” Fresas dije inocentemente

Me miró la entrepierna y sonrió.

Se arrodilló delante mío. Me miré al espejo: yo desnuda, un hombre arrodillado a mis pies… me sentía como una diosa. Veía sus testículos colgando junto a su miembro semi erecto. Me lamió los pezones, puso nata en mi coñito y empezó a lamer con suavidad —la crema fría contrastando con su lengua caliente—.

“Oh, síiii… me encanta,” dije mientras seguía mirando la escena en el espejo. “Quiero que me pongas un poco en mis pezones, que me los comas y luego continúes con mi coñito.”

Levantó la cabeza, me puso nata en los pezones y me los chupó y lamió hambriento.

“Pellízcate los pezones mientras te como el coñito,” dijo —algo que sonó casi a orden—. Obedecí. Puso de nuevo nata en mi coñito y empezó a lamer: la mezcla cremosa, su lengua rápida con la punta en mi clítoris o lenta lamiendo todo de arriba abajo. Volví a mirar al espejo —aquella enorme pantalla porno—, su polla había desaparecido entre sus piernas. Me corrí antes de lo deseado: dejé de pellizcarme, cogí su cabeza con ambas manos y hundí su cara en mí sin dejar de mirar.

“Oh, sí, sí, cariño… no pares, me corro, sí,” jadeé con un grito ahogado.

Se puso de pie y eso que había desaparecido volvió: su polla totalmente erecta. Me arrodillé lentamente, asegurándome de tener en el espejo una visión perfecta de él y de mí. Lo miré a los ojos y la cogí con una mano, desplacé el prepucio hacia atrás, salivé un poco sabiendo lo que me iba a llevar a la boca. La introduje poco a poco mirándome al espejo —la escena me mojó como nunca—. Continué metiéndola y sacándola.

“¿Te gusta mirarte al espejo, verdad perrita?” dijo apartándome un poco el pelo. Uff, ese nombre otra vez y en esa posición… mi calentura iba en aumento. Cambió de mano, me sujetó el pelo con la otra y se giró un poco —ese ángulo me permitía ver mi cara al descubierto—. Empezó a moverse al mismo ritmo que yo: entraba y salía de mi boca, notaba cómo su glande se hinchaba con cada movimiento. Seguro que iba a correrse y la saqué de mi boca. —no me gusta que se corran en mi boca y es lo que iba a pasar si no paraba—. Solté un gemido cuando la saqué y la restregué por mi cara.

“Uff, un minuto más y me corro,” dijo con la respiración entrecortada.

“Ni hablar, tienes que hacer que me corra más veces,” le dije tumbándome boca arriba en la cama.

“Ven aquí, te necesito dentro de mí,” le susurré. Se colocó entre mis muslos, entró lentamente en mi coñito húmedo y caliente, sintiendo cómo lo estiraba poco a poco.

“Dios, cariño, estás tan apretada,” gruñó, empezando a moverse con un ritmo lento que me hizo gemir.

Sentía como se abría camino dentro de mi, “Oh, si, dame más, más fuerte,” rogué, mis manos aferrándome a su culo. Él aceleró, follándome con intensidad que hacía temblar la cama —nuestros cuerpos chocando en un frenesí—.

Levanté la cabeza y miré hacia el espejo: vi su culo apretándose con cada embestida, sus testículos chocando contra mí.

“Oh, sí, sí, más rápido, cariño, más rápido,” grité. “Quiero que me folles como a una auténtica perrita.”

Dije cachonda perdida. Él obedeció, embistiéndome con furia.

“Oh, sí, sí, ah… me corro,” dije.

Después cambiamos de posición: me senté sobre él mirándome bien al espejo, montándolo con un dominio que lo dejó sin aliento. Mis caderas se movían con vigor, subiendo y bajando sobre su polla, mis tetas rebotando frente al espejo.

“Chúpame las tetas y cógeme del culo,” ordené destada con un tono autoritario y sensual mientras observaba la escena y jadeaba. Succinó un pezón con hambre, mordisqueándolo mientras introducía un dedo en mi culo apretado —sentí cómo se tensaba y luego se relajaba bajo su caricia—.

“Ohhh, síiii, me corroooo,” grité, placer combinado llevándome a otro clímax en segundos.

“Esto del espejo ha sido una gran idea,” le dije jadeando.

“Sabía que te gustaría.”

“Siéntate en el borde de la cama,” le pedí con un tono suave. Se sentó, me subí encima introduciendo su polla dentro de mí y me eché hacia atrás un poco mientras me miraba en el espejo.

“Fóllame así, cariño.” Le rogue.

Empezó a moverse —uff, qué imagen mas prime: yo bien abierta, él con sus manos cogiendo mis piernas y moviendo mi cuerpo—. Veía su polla entrar y salir de mí. Esa escena merecía un orgasmo total, así que empecé a acariciar mi clítoris. No tardé nada:

“Sí, sí, sí… me corro,” alcancé a decir con la respiración acelerada.

“Uff, un momento,” dije levantándome hacia las copas de vino. Le ofrecí la suya y tomé un sorbo de la mía —el vino fresco bajando por mi garganta, contrastando con el calor de mi cuerpo.

Él se puso de pie, en la misma posición que antes. Mi cuerpo aún temblando.

“Termina lo que empezaste,” me dijo. No hizo falta decir más: me agaché, tomando su polla en la mano.

“Córrete para mí,” le susurré, lamiéndolo antes de metermelo en la boca y de chuparlo con fuerza, mi mano deslizándose en un ritmo frenético —queria que se corriera, queria su leche y la queria ya—. Gimió, sus manos enredándose en mi cabello mientras me miraba con el rostro de alguien que va a explotar.

“Joder, perrita, eres increíble,” jadeó. Acaricie suavemente sus testiculos, aceleré mis movimientos, succionando hasta que noté que iba a eyacular y aparte su polla apuntando a mis tetitas. Explotó en un orgasmo intenso, su semen salpicando mi pecho mientras yo gemía sin parar de mover la mano: “¡Uuumm, siiii, toda para mi, la quiero toda para mi!” Dije disfrutando cada gota que caía sobre mí.

Exhaustos, se dejó caer en la cama. Con movimientos felinos me acurruqué a su lado, nuestras respiraciones entrecortadas llenando el silencio. Lo miré, mis ojos brillando de satisfacción, él se acercó para darme un beso apasionado —lenguas entrelazándose con pasión húmeda que aún no se apagaba—.

“Gracias por esta noche especial y cachonda,” susurré, acariciándole el rostro.

“¿Así que soy tu perrita?” Le pregunté.

Él sonrió, besandome de nuevo.

“Eres mi perrita y mi vicio caliente, cariño,” murmuró, su mano deslizándose por mi espalda —su mente seguramente ya tejia planes para llevarme más allá—.

“Y tú mi perdición,” respondí riendo mientras me acurrucaba aún más contra él, mi piel ardia por el fuego sexual que habíamos desatado —un fuego que prometía arder aún más fuerte en el futuro.

Posted Feb 21, 2026, 5:32 PM UTC

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