Si tan solo descubrieramos porque la primera impresión es muy importante.
Solín respiraba agitado. El sudor le escocía en los ojos y el aire, espeso y húmedo, se le hacía cada vez más difícil. Corría tras su padre, esforzándose por seguirle el paso mientras el sol caía implacable sobre la calle. Las casas a los lados prometían sombra, pero no alivio. Aun así, se sentía feliz. Se imaginaba como un pequeño vagón de tren, apenas sostenido por los dedos, enganchado a una locomotora imparable: su padre. Las manos de ambos eran el acoplador Jenny, recordaba haber leído algo así. La imagen lo cansaba, pero sentirse unido así a su padre le daba seguridad. —¿Podemos parar? —preguntó Solín, jadeando. Su padre, con ese rostro joven y limpio que no parecía cambiar con el tiempo, aminoró el paso hasta detenerse. Se inclinó con ternura brusca y le limpió la frente con una servilleta arrugada, aún con restos del helado que habían compartido horas antes. Siempre trataba de ser tierno con él, aunque con movimientos torpes y descuidados. A veces parecía un niño cuidando a otro; tal vez así era. Mientras la servilleta pasaba por la frente de Solín, dejando restos de helado, él miraba el rostro de su padre. Sin arrugas, sin manchas. Perfecto. El cabello de ambos era igual: brillante, lento para crecer. Al fin limpia su frente, continuaron su camino a paso lento. —Papá, ¿por qué la abuela tiene arrugas y manchas y se ve tan desgastada? —preguntó Solín, mirando la mano de su padre. El padre se detuvo un instante al escuchar la pregunta. —Mi mamá —dijo retomando el paso— suele decir que eso es vivir. Que la vida te gasta, y por eso yo siempre me veo igual. Dice que no tengo una vida. Solín no entendía. —¿No estás vivo? —preguntó, preocupado. —Bueno, creo que no —dijo su padre mirando al suelo— hace una semana me di cuenta que nunca he llorado ni sangrado, y que no tengo recuerdos más allá de hace unos días. Creo que realmente no he tenido una vida. Solín sintió que su padre no le hablaba a él. Su pregunta había detenido su alegría de ir al parque con él. Hubo silencio el resto del camino. Solín no entendía el cambio de actitud, pero pensó en sus palabras; él tampoco tenía recuerdos más allá de hace unos días, aunque conocía cosas, como a su padre, a su abuela, la casa donde vivía… solo eso. De pronto se sintió extraño. Al llegar al parque, vio los juegos despintados, los árboles, algunos grandes y otros pequeños, y a la gente. Todos eran distintos, o casi. Había personas que lucían viejas, como la abuela, incluso jóvenes que se veían gastados. Pero había muchos más que, como Solín o su padre, lucían como nuevos, perfectos, sin imperfecciones ni grasa, como decía la abuela. A lo lejos, cuatro jóvenes se acercaban. Uno tenía la piel seca y marcada por granos. Los otros tres eran distintos: brillantes, perfectos. No parecían tener la edad de la abuela ni ser tan pequeños como Solín y su padre. Cuando los rodearon, uno de piel lisa y brillante, sin aviso, tiró del cabello de Solín. —Dejen de imprimir gente, por el amor de Dios —dijo, mirando al padre. —Ustedes también son impresos, idiotas —respondió el padre— ¿No se los han dicho? ¿Conocen a sus padres? El de piel desgastada se adelantó y gritó: —Los que son como ustedes deberían ser destruidos. Nunca estarán vivos. Ordenó soltar al niño. Solín corrió al abrazo de su padre, que lo sujetó de la mano e intentó esquivar al grupo. Pero uno logró aferrarse al brazo de Solín. El padre, más pequeño que cualquiera, tiró con fuerza. En un violento tirón, Solín salió volando hacia él. Cayeron al suelo. Risas. Uno de los agresores agitaba el brazo del niño como un trofeo. Solín, entre lágrimas, lo vio de lejos: no sangraba. No dolía. Solo estaba… separado. Sin devolverlo, los jóvenes se alejaron corriendo. El paseo terminó. Tocaba volver a casa. El regreso fue silencioso. El padre no hablaba. No era la primera vez. Desde que salían juntos, solo habían encontrado burlas. Lo peor era que muchos que se burlaban también venían del mismo lugar que ellos, o eso dijo el padre al llegar. Al entrar, Solín vio a su padre ir a la sala, donde la abuela leía cómodamente recostada en el sillón. Ella solía ser distante con Solín, siempre en su mundo. No parecía importarle la interacción, salvo con su hijo. —¿Están bien? ¿Quieren agua de limón? —No, mamá, voy a imprimirle otro brazo —dijo el padre señalando a Solín— ¿Se puede arreglar, verdad? Silencio. —¿De nuevo los molestaron los impresos? —dijo la abuela cerrando lentamente su libro— Espero que no les hayas contado lo que te dije. —Lo hice, mamá, les dije lo que son —el padre respondió con ojos húmedos. —Karim, no debiste hacerlo —dijo la abuela sin levantarse— Si te lo conté, era para que vivieras, no me hagas arrepentirme. —Yo me arrepiento, mamá. Ahora que sé, no entiendo por qué nos odian, si somos iguales. —Porque ellos no son conscientes, no tienen vida ni saben de dónde vienen. —Pues no quiero esta vida, entonces. Es falsa, como yo —le gritó Karim a la abuela, dándose la vuelta hacia su habitación. Solín solo escuchaba. No entendía. Se sintió aislado, como si pasara algo más grande que una discusión. Subió las escaleras, que ahora parecían enormes, al igual que la casa, una prisión blanca y limpia, con adornos de gatitos y angelitos en las paredes grises. Al subir, vio a la abuela, que ya leía de nuevo, sin moverse del sillón azul y brillante, tan brillante como la piel de su hijo. Se veía cansada. Solín sintió algo extraño por ella, quizá lástima o tristeza. Ya en la habitación, junto a su padre, sentados al borde de la cama, rodeados de planetas y juguetes de robots, el aire se sentía denso. Su padre lo abrazó sin decir nada. Solín miró donde debería estar su brazo. La herida no sangraba; era como pintura pegada. Tampoco dolía. Pensó que andar sin un brazo por la calle y luego en casa, y que nadie se asustara o se acercara a ayudar, no era normal. —Hoy descubrí que somos iguales —dijo su padre en voz baja. Solín vio llorar a su padre. Eran lágrimas extrañas que no caían, se quedaban pegadas. Recordó haber visto llorar a su abuela el día que, al partir un limón, se cortó un dedo; su sangre cayó al suelo y las lágrimas rodaron por su cara. —¿Cuándo fue eso? —se preguntó Solín— Al intentar recordar, vio la imagen de la abuela sacando ese limón de lo que ella decía era una impresora. La impresión celular se había vuelto común. Con los avances en biotecnología y la impresión 3D, parecía natural imprimir alimentos. Se decía que así acabarían todos los problemas de la humanidad. Y fue cierto. Ya no había hambre ni enfermedades incurables por falta de donadores. Además, el proceso y la maquinaria se volvieron baratos. Se imprimía de todo: verduras, postres, carne, órganos y, después, incluso… personas. Al principio, las carnes impresas eran mascotas. Luego nadie puso límites. Solo estándares de calidad. Gente sin amigos podía imprimirlos, igual que quienes no encontraban pareja o no querían las “molestias” de un embarazo. Por décadas no hubo límites ni regulación. ¿Qué eran los impresos? ¿Personas, mascotas o juguetes? Mientras la humanidad dudaba qué hacer, los impresos crecían, alimentados por la soledad y la falta de habilidades sociales de la gente “real”. El único límite era una “conciencia reducida”, según las empresas que vendían las impresoras. Pero nunca explicaron cómo se limitaba ni qué pasaba si se superaba. El padre abrazó fuerte a su hijo, como abrazando su reflejo. Eran pequeños, apenas niños. Aunque uno fuera el padre del otro. Con tristeza, activó la impresora. —Me sentía solo y pedí a mamá que me diera un hermanito —decía Karim— Me compró una impresora y así te creé. Quería un hermano, pero tú dices que soy tu padre. ¿Por qué? La impresora zumbaba apenas; era un cubo pequeño con una aguja que expulsaba hilitos rojos, dibujando en el aire. —Tardará dos días —dijo Karim— luego tendrás que cuidarlo. Solín se sentía extraño y mareado, no comprendía nada. Imágenes que antes no tenía llegaron a su mente, recuerdos reprimidos tal vez. Se preguntó: ¿Cuántos años tengo? Karim, viendo a su pequeña creación —su hermano, hijo, mascota—, ya no estaba claro, vio a Solín absorto, mirando la impresora. Sin decir más, caminó hacia él, acarició su cabello, ni largo ni corto, se dirigió a la ventana, la abrió y saltó. Solín despertó al oír el golpe, se asomó. El cuerpo de su padre estaba en el suelo, pequeño, sin sangre, inerte. Vio a la abuela salir a tirar la basura. Al ver el cuerpo, solo se llevó una mano a la boca y otra a la cintura. —¡Maldición, otra vez! La abuela no se alarmó. No lloró ni gritó. Solo miró hacia arriba, donde Solín seguía asomado. —No pasa nada. Pronto tendrás otro papá —dijo con calma. Entró de nuevo y encendió su impresora. Una rutina. Una más. Dos días después, Solín sacó de la impresora lo que parecía un bebé muy pequeño, un embrión, según recordaba. Solo pensaba que ahora él tiraba de otro vagón. Uno incompleto. ¿O quizá todos eran vagones arrastrados por una locomotora antigua, asustada de morir? Solín recordó: debo imprimir mi propio brazo.
Posted Mar 6, 2026, 4:02 AM UTC