Un fragmento de mi novela….
¡Hola! Soy una escritora principiante y hace poco escribí un poco de erotica en mi novela. Cabe aclarar que sigo bloqueada y esto fue lo que escribí hace unos dos meses. Se vale una critica constructiva. Sin más que decir…. Disfruten :).
—¿Buscas algo? —La voz de Mateo sonó más ronca de lo que esperaba. Se aclaró la garganta, sintiendo un calor repentino en el cuello.
Lucía se giró hacia él. Sus ojos lo examinaron de arriba abajo, una evaluación rápida que lo hizo sentir desnudo a pesar de su camisa de franela remangada y sus pantalones de uniforme. Sonrió. No era una sonrisa amable. Era un arma.
—El Padre José —dijo, con su voz suave como un canto—. Me dijo que pasara a buscar unos libros.
Mintió. Mateo lo supo. Su padre nunca habría pedido a una chica como Lucía que entrara en la capilla, y menos para recoger libros. Él mismo era el encargado de la biblioteca de la parroquia. Pero no dijo nada. Simplemente asintió, sintiendo el trapo húmedo en su mano, un objeto absurdo e inútil.
—Está en la sacristía —logró decir.
Lucía no se movió. Dio un par de pasos más hacia el interior, sus ballerinas de tacón bajo resonando en el silencio sagrado. Se detuvo frente al banco donde él estudiaba y se sentó, no en el centro, sino en el borde, cruzando las piernas. La falda se subió unos centímetros más, revelando la piel lisa y pálida de su muslo interior. Mateo apartó la mirada, fijándola en la cruz de madera sobre el altar. La figura de Cristo parecía mirarlo con una expresión inusual, o quizá de infinita decepción.
—Tú eres Mateo, ¿verdad? -—preguntó ella.
Él asintió de nuevo, sin poder articular palabra. El aire se había vuelto denso, cargado con un perfume dulce, a fresas y vainilla.
—He oído hablar de ti —continuó Lucía, y se inclinó ligeramente hacia adelante. El movimiento hizo que la tela de la camiseta se tensara sobre sus pechos, dibujando la forma de sus pezones erectos bajo el sujetador—. El niño santo. El que nunca se mete en líos… ¿Verdad?
Mateo tragó saliva. El niño santo. Las palabras le golpearon como una bofetada. Era lo que todos pensaban. El muchacho devoto, el ayudante de su padre sacerdote, ‘el ejemplo a seguir’. Una fachada construida con ladrillos por su padre que solo deseaba que fuera igual que él.
—No es cierto —murmuró, sin saber por qué lo decía. Era una defensa inútil.
—¿No? —La sonrisa de Lucía se expandió, mostrando sus dientes. —Pues que lástima… Los líos son lo único interesante en este pueblo de mierda.
Se levantó de un salto, ágil como un gato. Caminó hacia la estatua de la Virgen María que había en un encuadre. La miró de frente, como si la retara. Luego, con una lentitud de teatro, levantó una mano y trazó el contorno de su rostro.
—Tan perfecta, ¿verdad? - dijo sin volverse—. Tan pura. Debe ser agotador.
Mateo la observaba, paralizado. Veía la curva de su espalda, la forma en que su falda se levantaba. Se dio cuenta de que estaba apretando el trapo con tanta fuerza que el agua goteaba sobre sus pantalones. Soltó la tensión. El corazón le latía con fuerza contra las costillas, un temblor salvaje en el silencio de la capilla.
Lucía se giró. Sus ojos brillaban con una luz traviesa, retadora. Caminó de nuevo hacia él, pero esta vez no se detuvo a una distancia prudente. Se acercó demasiado, demasiado pronto. Mateo pudo sentir el calor de su cuerpo, oler su perfume con más intensidad.
—¿Alguna vez has hecho algo que te haga sentir vivo, Mateo…? —susurró. El aliento le dio en la boca, olía a mentol y a fresa.
No hubo tiempo de respuesta. Su mano, pequeña y cálida, recorrió su pecho, hasta el cuello de su camisa. Sus dedos se deslizaron bajo la tela, rozando la piel de su cuello. El contacto fue una descarga eléctrica instantánea para Mateo. Un escalofrío bailoteo por toda su espalda, erizando su piel al instante. Ella notó su reacción, y una sonrisa satisfecha se sintió en sus labios.
—Ah —dijo, casi para sí misma—. Así que sí hay algo ahí dentro.
Sus dedos siguieron descendiendo, lentos y exploradores. Pasaron por el plano de su abdomen. Mateo no respiraba. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, una mezcla de pánico y una excitación que nunca antes había experimentado, una sensación frágil y peligrosa. La mano de Lucía se detuvo justo encima de de su cinturón. La presión era ligera, pero se sentía como una leña al fuego, como el peso que se le había negado por años.
Sus ojos se clavaron en los de él. Ya no había sonrisa en su rostro, solo una intensidad feroz, una curiosidad hambrienta. Su pulgar comenzó a moverse, frotando pequeños círculos sobre la tela del pantalón, justo encima de donde su miembro empezaba a despertarse… El roce, sutil y constante, era una tortura exquisita para Mateo.
—Dime, niño santo -volvió a susurrar, su voz como un hilo de seda rozando su oído—. ¿Esto es lo que te enseñaron a reprimir?
La presión de sus dedos aumentó ligeramente, y un temblor sacudió todo el cuerpo de Mateo. El cerró los ojos, incapaz de soportar la mirada penetrante de Lucía, incapaz de procesar la avalancha de sensaciones que sentía en el momento. ¿Cómo podía sentir esto? Era un pecador… El olor a cera y a incienso era ahora un lejano recuerdo, ahogado por el perfume a fresas y el aroma a intimidad que desprendía.
La mano de Lucía se movió un poco más abajo, sus dedos envolviéndolo a través de la tela, con una confianza que lo aterrorizaba y lo excitaba a la vez. Estaba completamente erecto, un hecho innegable y humillante en el corazón de su santuario. Esta tentación lo comía por dentro y ella lo sabía. El la sintió acercarse más, sus labios rozando su oreja.
—Vaya —dijo, su voz un soplo caliente y cínico—. El niño santo al parecer tiene un pecado que confesar…
Posted Mar 8, 2026, 8:12 PM UTC