Cincuenta y Dos Razones para Pecar
Domingo por la mañana. Mi esposo parece que no sabe hacer otra cosa más que ir a visitar a su hermana.
—Mi amor, vamos a visitar a mi hermana. Vino mi sobrina a verla y las quiero ir a saludar —me dijo.
—Bueno, vamos, pero no nos tardamos. Mañana tengo que trabajar y luego llegamos bien tarde.
—Está bien, lo prometo.
Nos preparamos. Nos pusimos guapos. Y nos fuimos a casa de mi cuñada.
Quién iba a imaginar que ocurriría lo que jamás pensé.
Ahí estaba su sobrina —y mía— con su esposo y sus dos hijos. Carla. Y junto a ella, él.
Sentí algo en el vientre. Un hormigueo caliente que no podía explicar. No podía quitarle los ojos de encima a Julio. El esposo de Carla. La sobrina de mi esposo. Supe que él tenía treinta y uno durante la plática. Yo cincuenta y dos.
Cincuenta y dos, pensé. Y aquí estoy, como una adolescente.
Como si me hubiera flechado Cupido. Pero no era un adolescente. Era un hombre casado. Alto. Fuerte. Moreno. Todo un hombre. Con un sombrero vaquero, una camisa a cuadros que marcaba sus brazos, y unas botas que lo hacían verse aún más varonil.
Pero esa hebilla me robaba la mirada.
Grande. Negra. Con forma de caballo. Literal. Deliciosa.
Estoy hablando de la hebilla, ¿eh? me reí para mis adentros.
En un momento, se levantó de la silla. Justo frente a mí. Mis ojos, como por instinto, se dirigieron a su bragueta. A la hebilla. Pero debajo de ella… algo más.
Hizo como si revisara que la cremallera no se le hubiera bajado. Y se frotó un poquito antes de retirar su mano. Un segundo. Tal vez dos. Pero yo lo vi.
Yo, toda embobada, viendo ese delicioso espectáculo.
Él se dio cuenta. Porque al retirar su mano, yo reaccioné. Inmediatamente subí mi mirada a sus ojos.
Cruzamos miradas.
Una sonrisita de lado. De esas que lo dicen todo sin decir nada.
Y yo, sonrojada. Disimulando. Espero que solo él se haya dado cuenta, rogué.
Se dirigió al baño.
Y mi pensamiento se fue con él.
Seguramente se fue a autocomplacer, imaginé. Me lo vi ahí, solo, con la mano en su hebilla… y luego más abajo. Apreté las piernas. Casi casi me mordí los labios. No ponía atención a la conversación.
Risas. Pláticas. Yo ausente.
Hasta que alguien me dijo:
—¿Tú qué opinas?
Era Carla.
—Sí, claro —respondí, asintiendo sin saber qué había dicho.
Todos rieron. Yo hice lo mismo. Y volteé, casi por impulso, a ver si aparecía aquel macho.
Cuando volvió del baño, traía una gotita discreta en el pantalón. Húmeda. Diminuta. Pero como yo no le quitaba la vista de encima, la vi.
Y para colmo, se quedó ahí de pie. A lado de su esposa. Enfrente de mí. Como provocando.
Mi cuñada se levantó.
—Voy a la tienda —dijo.
Yo solo quería salir de ahí. Aire. Necesitaba aire.
—Yo voy —me ofrecí—. Usted quédese.
Pero antes de que nadie respondiera, él habló.
—No, tía. Tú quédate. Yo voy en el carro —dijo Julio.
Su esposa lo miró. —Tú ni conoces el rumbo.
—Ah, pues yo la llevo —respondió él, mirándome a mí.
Uy. Todo se acomodó a mi favor. O al de Julio. No sé. Pero nadie sospechó nada.
Salimos.
Me abrió la puerta del carro. Me ayudó a subir. Sus dedos rozaron mi cintura un segundo de más.
Se subió. Arrancó casi de inmediato. Aceleró.
El motor ronroneaba. Yo también por dentro.
Puse mi mano en su pierna. Sentí el calor de su muslo a través del mezclilla. No dijo nada.
Subí un poco más.
Entonces él puso su mano sobre la mía. Pensé que la quitaría. Que pondría un límite.
Pero no.
La subió. Hasta su entrepierna.
La sentí. Dura. Caliente. Palpitando bajo la tela.
—Te gusta… —dijo, con la voz grave, ronca—. Mi hebilla.
Sonreí. Me mordí el labio.
—Está muy grande —dije, sin apartar la mano.
Él aceleró más. El camino se hacía corto. Demasiado corto.
—La quieres probar, ¿ah? —preguntó, con esa sonrisita de lado otra vez.
Mi corazón latía en la garganta. Y más abajo también.
—Sí —respondí, apenas un susurro.
Y él giró el volante. No hacia la tienda. Hacia un camino de terracería. Hacia ningún lado. Hacia todo.
Se detuvo debajo de un árbol.
Sin preguntar, se la sacó.
Wow.
Se veía deliciosa. Brillaba de tan lubricada. Un hilo de humedad recorría todo su largo. Y ese olor… a macho de rancho. A tierra. A sudor. A hombre de verdad. Me mataba.
Me quedé mirando, sin respirar, con la boca entreabierta.
—Dale unos besitos —dijo, con la voz ronca—. Pruébala. Si quieres… puede ser tuya.
Tragué saliva. Me incliné. Mis labios temblaban. Le di un beso suave en la punta. Salado. Caliente. Vivo.
Otro más. Lamió apenas.
Él gimió bajo. Ese gemido me recorrió entera.
Iba a tomar más. Iba a hundirme. Iba a perderme.
Pero entonces…
Mi celular vibró.
Un mensaje.
Lo miré sin querer.
"Te traes un refresco", me escribió mi esposo.
Cerré los ojos. Maldije por dentro.
—Nos vamos a tener que regresar —le dije, con la voz rota.
Julio me miró. Frunció el ceño. También él había visto el mensaje.
—Unos minutos más —pidió—. A nuestro favor. No quiero que termine.
Yo tampoco. Pero el miedo y el deseo peleaban dentro de mí.
—No se puede —respondí.
Él suspiró. Se pasó una mano por la cara.
—Mejor nos aguantamos un poco —dijo—. Y al rato buscamos otro pretexto. Total, la tarde es larga.
Accedí.
Le di un último besito a esa delicia. Largo. Húmedo. Con lengua. Un beso de despedida que prometía volver.
Él gimió otra vez. Se guardó. Se ajustó el pantalón.
Y arrancó.
De regreso a la tienda. De regreso a la casa. De regreso a la mentira.
Pero con la certeza de que eso no había terminado.
Para nada.
Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.
Posted Jun 4, 2026, 12:49 AM UTC