Capitulo 2: El apagón (5-6 / 7-6)
Había pasado ya prácticamente un mes y se habían acabado los beneficios de los servicios públicos. Sabía que tarde o temprano llegaría ese momento. Aunque tomé recaudos para prepararme, no podía creer que realmente se estuviera acercando el fin de todo.
Mi cuerpo era un caos y, combinado con la confusión que tenía en la cabeza, estaba completamente desorientado. Al principio reaccioné incrédulo cuando abrí la canilla para lavarme la cara y no salió agua. Camino al comedor noté que la heladera no funcionaba. Intenté prender una luz...
Nada.
—Ok... ya lo sabíamos, no pasa nada —me dije—. Estuviste preparándote para este momento. ¿Qué peor que esos bichos afuera puede pasar? ¿Qué puede ser más horrible que saber que todo se fue a la mierda? ¿Qué puede ser peor que saber que estoy solo?
Y después recuerdo romper en llanto. Digo "recuerdo" porque quedé completamente disociado. El shock fue tal que me borró parte de la memoria.
Mi instinto de supervivencia volvió a activarse cuando escuché el crujido de una puerta.
Un zombi.
Sí.
Había abierto la puerta de la casa y estaba entrando.
Seguro escuchó mi llanto, pensé.
Sin dudarlo agarré la mochila, el hacha y salí de esa casa.
Esa misma tarde manejaba quién sabe hacia dónde o para qué. No podía sacarme de la cabeza todo lo que estaba pasando ni cómo iba a continuar.
Agarré la ruta para despejarme y empecé a acelerar. Voy a hacer algo que nunca hice en mi vida. Ya no me importa nada. ¿Cuánto más me queda? Fue.
Mi cabeza no paraba de escupir pensamientos. Pensaba en qué había hecho para ser castigado con sobrevivir. Mi vida ya no tenía ningún valor... estaba solo.
Hacía semanas que no cruzaba palabra con otro ser humano. Sí, había llegado a ver gente a la distancia alguna que otra vez, pero nunca lo suficiente como para acercarme. Algunos desaparecían entre los árboles. Otros terminaban rodeados por los bichos antes de que pudiera siquiera pensar en ayudarlos.
Al final uno deja de buscarlos.
Después de tanto tiempo, ya no esperaba encontrar a nadie vivo. O al menos a nadie que sobreviviera lo suficiente como para compartir una conversación.
Estaba desahuciado y... un poco ebrio también.
Bajé la cabeza apenas unos segundos para secarme las lágrimas que me brotaban de los ojos.
Y pum.
Primero una luz.
Después un golpe brutal que sacudió la trompa de la camioneta.
Clavé los frenos.
Furioso, agarré el hacha y bajé gritando:
—¡Me tienen podrido estos bichos hijos de puta!
Pero no era un zombi.
Era otra camioneta.
Del capó salía humo. Tenía los vidrios rotos y permanecía inmóvil sobre la ruta. Se escuchaba el metal enfriándose y el motor rechinando después del impacto...
Eso era lo que había chocado.
Corrí hacia el vehículo y, antes de llegar, vi abrirse la puerta...
Me frené en seco.
Apreté los puños sobre el mango del hacha...
Era una mujer.
Parecía dolorida, pero estaba viva.
¿Cómo podía confiar? Hacía semanas que no hablaba con otra persona. Una persona de verdad. Alguien capaz de responderme.
¿Y si estaba infectada? ¿Y si estaba enferma?
Le pedí que no se acercara. Me respondió que estaba bien, que era doctora.
Me costó creerle, pero necesitaba hablar con otra persona. Si algo salía mal, haría lo que tuviera que hacer.
Me contó que iba hacia un refugio para buscar medicamentos. Unos amigos necesitaban ayuda urgente. Uno de ellos estaba intoxicado y corría un riesgo grave.
De repente sentí cosas que creía perdidas.
Esperanza.
Curiosidad.
¿Más personas?
Le ofrecí llevarla. Me advirtió de los peligros, pero para mí ya no quedaba nada que temer.
Estaba golpeada por el choque y, por lo que me dijo, nos esperaba un viaje largo.
Durante el viaje empezamos a conversar.
Me contó que, al comienzo de todo esto, había conocido a un grupo de personas que le dieron refugio, comida y le enseñaron a sobrevivir. Incluso la camioneta que acababa de perder se la habían conseguido ellos. Que cada tanto los visitaba para intercambiar cosas o simplemente compartir unos mates.
Esta vez la situación era distinta. La necesitaban.
Al parecer uno de los integrantes, alguien que había estado desde el principio junto al grupo, estaba muy mal.
Para él la comida siempre había sido una preocupación, así que había empezado a criar gallinas para asegurar una fuente constante de alimento.
La doctora no parecía tener un diagnóstico claro. De hecho, fue bastante cuidadosa al hablar del tema.
Me explicó que algunos de los síntomas podían coincidir con gripe aviar, pero que era solo una sospecha. Nadie tenía laboratorios, análisis ni nada parecido para confirmarlo.
Según me contó, el hombre había consumido recientemente parte de su propia producción. Como era nuevo en todo eso de la cría de aves, existía la posibilidad de que hubiera cometido algún error en la manipulación o en las condiciones sanitarias.
También podía tratarse de otra cosa completamente distinta.
El problema era que llevaba varios días empeorando y nadie sabía con certeza qué estaba enfrentando.
Además, desde que comenzó todo esto, cualquier enfermedad común se había vuelto mucho más peligrosa. Sin hospitales, sin medicamentos suficientes y con el cuerpo agotado por semanas de estrés, hambre y falta de descanso, hasta una infección menor podía terminar siendo mortal.
Sus palabras resonaban en mis oídos...
Dejé de mirarla.
Saqué dos cigarrillos del bolsillo y le ofrecí uno.
Encendí el mío, fijé la vista en el horizonte de la carretera y me limité a seguir las indicaciones para llegar.
Posted Jun 11, 2026, 2:38 AM UTC