El Otro Yo

Desperté a las 3:17 de la mañana con el corazón martilleando en el pecho. El cuarto estaba sumido en un silencio tan denso que podía oír la sangre pulsando en mis oídos. El aire se sentía pesado, húmedo, como si alguien hubiera estado respirando allí durante horas.

Me levanté lentamente. El suelo helado quemaba las plantas de mis pies descalzos. En el baño, encendí la luz amarilla y débil. El espejo me devolvió mi rostro pálido, con ojeras moradas. Forcé una sonrisa. El reflejo permaneció inmóvil, labios cerrados, observándome con una paciencia depredadora.

Parpadeé. Él parpadeó medio segundo después.

—Solo es cansancio —murmuré con voz ronca. Pero mi nuca hormigueaba. Volví a la cama y me cubrí hasta el cuello, sintiendo el peso invisible de una mirada fija en mi espalda.

A las 4:02 empezó el sonido: una llave goteando en el baño. Ploc... ploc... rítmico, demasiado lento. Me levanté. La luz ya estaba encendida, aunque yo la había apagado. En el espejo empañado, yo estaba allí… pero sonriendo. Una sonrisa amplia, húmeda, que no era mía.

—Detente —susurré.

El reflejo inclinó la cabeza con un suave chasquido de cuello. Sus ojos parecían pozos más profundos, tragándose la luz. Levantó la mano y tocó el vidrio desde dentro. El espejo vibró levemente cuando, aterrorizado, lo toqué también.

Al día siguiente, cubrí todos los espejos con trapos. Trabajé en la oscuridad, cortinas cerradas. El apartamento parecía respirar junto conmigo. Cada crujido de la madera era un paso. Cada sombra en el rabillo del ojo, una forma que se movía.

El celular vibró sobre la mesa. Mensaje de mí mismo:

“Vi lo que le hiciste a Laura en la curva.”

Mi estómago se revolvió. Laura. El coche. El grito ahogado antes del impacto. Nadie sabía. Nadie.

Otro mensaje, segundos después:

“Estoy saliendo.”

Corrí al cuarto y cerré la puerta con llave. Me senté en el suelo, apoyado contra la pared, escuchando mi propia respiración agitada. El silencio regresó, sofocante.

Entonces, justo al lado de mi oído, mi propia voz susurró, calmada e íntima:

—Ahora yo soy el de afuera.

Sentí un aliento frío rozar mi nuca. Giré lentamente.

El cuarto estaba vacío. Pero en el reflejo olvidado del armario, él estaba de pie, completo, mirándome con mis propios ojos. Saludó lentamente con la mano.

Y yo, atrapado dentro del vidrio, grité hasta que mi garganta sangró en silencio.

Posted Jul 11, 2026, 2:29 PM UTC

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