Peor que el desprecio (ejercicio de escritura)
A las nueve de la mañana el sol ya pegaba de lleno contra la barda de la iglesia. Renata llevaba media hora pasando el rodillo sobre la misma mancha. La pintura blanca no cubría: debajo seguía asomando el gris, y había que volver a pasar, y volver a pasar.
—Esto no sirve —dijo—. Se ve igual.
—Con esa actitud no —contestó el coordinador, sin voltear—. Aquí venimos contentos.
—Ajá.
Renata volvió a pasar el rodillo.
A veinte metros los demás pintaban y cantaban. Alguien había puesto una bocina encima de una cubeta. Renata los miró un rato. No fingían. Eso era lo peor. A ella le habían dado la barda de atrás, sola, porque era la que se quejaba.
Cerca de las once los mandaron a lavarse las manos y a entrar al templo. Sobre una mesa plegable había refrescos tibios y cuatro cajas de pizza. Renata se acercó a tres que comían de pie.
—A mí me tocó la de atrás —dijo—. ¿A ustedes?
Uno levantó las cejas, miró a los otros dos, y los tres se rieron de algo que no dijeron. Se llevaron sus platos a la otra punta de la mesa.
Renata se quedó con la rebanada en la mano. La grasa se le enfrió entre los dedos. Cuando el coordinador pasó preguntando quién tenía las llaves de la bodega, señaló la puerta con el vaso y siguió masticando. No volvió a hablar en veinte minutos.
Después se le acercaron cuatro. Le preguntaron cómo se llamaba, en qué escuela iba, qué hacía los fines de semana. Uno le ofreció la última rebanada.
—Ren —dijo ella.
Miró hacia la otra punta de la mesa. Los tres de antes los estaban viendo.
Podía ponerse pesada. Lo había hecho otras veces y funcionaba: la gente se iba.
—Dibujo —dijo—. Pero soy malísima con las manos.
Se rieron. Renata les acercó los vasos y les sirvió refresco a los cuatro.
Los soltaron a las doce. Salió con las uñas todavía blancas, pedaleó doce cuadras y llegó a la secundaria Solia a las 12:15. El turno de la tarde había entrado a las doce en punto.
Llevaba un mes ahí. Le había alcanzado para que, cuando la regañaban, ella contestara, y para que después nadie se sentara junto a ella.
—Disculpe el retraso.
La maestra Amelia no levantó la voz. Señaló un pupitre vacío junto a la ventana. Cuando Renata se sentó, le dejó encima una lámina: el ejercicio de la semana pasada, el fácil, el que los demás ya habían entregado.
—Empieza por ese —dijo—. Con calma.
Renata hubiera preferido el grito.
Al terminar la clase guardó el carbón en el casillero, sacó el libro del siguiente periodo y cerró la puerta metálica. Dos chicas la estaban esperando.
—Tres días —dijo Sarah—. Tres días le dieron a nuestra amiga. ¿Tú sabes lo que es eso?
—No fue…
—Tres días, Renata. Y ella ni estaba haciendo nada. Deja de meterte en pleitos. Ni siquiera deberías estar en esta escuela.
—Ya déjenme en paz. No les debo ninguna explicación.
—Ay, sí. La pobrecita. Así nadie te va a querer.
Ana era la más chica de las dos y parecía de primaria. Habló mirando el piso.
—Es que siempre nos metes en problemas. ¿No puedes portarte bien?
—¡A mí también me castigaron! —Renata cerró el libro de golpe—. ¡También a mí, y nadie vino a preguntarme nada!
Le salió más fuerte de lo que quería. El pasillo se quedó callado.
Ana había dado un paso atrás. Tenía las manos apretadas contra el pecho y le temblaba la boca.
Sarah se puso delante de ella.
—Ya la asustaste —dijo, despacio, para que lo oyeran los que se habían detenido a mirar—. Cuídate mucho lo que dices de ahora en adelante.
Se llevó a Ana del brazo. Los demás volvieron a caminar.
—Imbéciles —dijo Renata, cuando ya no la oían.
Las dos últimas clases se le fueron en volver a oír la voz de Sarah.
A la salida sacó la bicicleta del estacionamiento y empujó entre los que se amontonaban en la puerta. Todavía tenía pintura blanca debajo de las uñas; se la había estado rascando toda la tarde y no salía.
En la banqueta de enfrente había cinco o seis personas repartiendo folletos. Una mujer hablaba parada sobre una caja de plástico, con la misma sonrisa fija del coordinador de la mañana, pero más fuerte. Al ver a Renata se bajó y le puso un papel en la mano.
—¡Hermana! ¡Dios no quiere hijas tristes!
Renata se quedó con el folleto entre los dedos, junto a la pintura que no salía.
Posted Aug 4, 2026, 9:03 AM UTC