Fragmento - El jardín de Los Susurros
¡Hola! Estoy reescribiendo un cuento que hice como hace 2 años. Esta es la introducción, y me gustaría saber si es buena idea comenzar con una carta, o si queda muy explicativo; o cualquier comentario que tengan. ¡Muchas gracias!
5 de noviembre de 1789
Querida anastasia,
La oscuridad me encuentra despierto una vez más, para ser heraldo de malas nuevas. Lamento informarle que mi querido hermano, José, ha muerto en un trágico accidente. Solo quedo yo en la casa, que ya no es más que un cascarón donde solo se oye el lamento del viento. Mis días transcurren llenos de solitarios paseos por el jardín, ahora habitado por retorcidos espinos que añoran el toque de madre.
Las noches son largas. Los crujidos y los suspiros de la casa han cambiado, se han convertido en voces, en odiosos ecos que insisten en martirizarme. Los salones reverberan con la voz de madre y los pasillos resuenan con las botas de padre. Hace semanas que no puedo dormir sin la ayuda del láudano . Es entonces cuando, entre sudores fríos, vuelvo a mi prisión: los tres minutos que acabaron con nuestras vidas. Tres minutos que se extienden hasta el alba.
José también está aquí. Siempre cerca, siempre silencioso. Está detrás de cada puerta cerrada, entre las sombras que las velas no logran disipar, reflejado en cada espejo, en cada escalofrío que trae el ocaso. Y el crucifijo de plata que me regaló antes de morir pesa cada vez más, hundiendo en mi cuello la cadena que lo sujeta a mí. Vivo con los muertos. Esperando unirme a ellos para seguir paseando por estos interminables pasillos hasta perdernos por fin en el olvido.
Una noche, tuve un sueño que olía a tierra húmeda y José rompió por un momento su hosco silencio. Esto fue lo que me dijo:
Si las espinas de la culpa se aferran a tu corazón, si te hieren, si te sangran con cada latido, búscame entre las montañas arropadas por la bruma. Allá donde las flores cantan cuando la luna viste de sombras. Búscame, y te liberaré de tu carga. Búscame en el jardín de los susurros.
Al levantarme, encontré pétalos blancos sobre las sábanas, y en mi mente quedó grabado a fuego el camino a seguir. Así pues, escribo estas líneas a la luz de la luna en una caravana que avanza por los campos de Robledal, rumbo a las montañas de Altovelo, con el fin de hablar con José y acallar por fin las voces que acosan mis sueños.
Anastasia, como única y última pariente que tengo, le informo por la presente que le obsequio la casa, así como la forja y todas mis herramientas. Haga con estos bienes lo que considere oportuno, pues encuentre o no la redención en este viaje, no volveré jamás.
Su primo,
Martín Montalvo
Martín dobló la carta con cuidado y selló el sobre con un poco de cera. Había sido difícil escribir con la carreta en marcha, pero le había venido bien despejar su mente por un rato. Afuera, un mar de hierba azul ondeaba bajo un cielo salpicado de estrellas y, más allá, se distinguía la cordillera de Altovelo. Aguzó el oído y pudo escuchar el traqueteo de las otras carretas un poco más lejos. Suspiró con alivio y rebuscó en su desgastada mochila. Según su bitácora, esa sería la última noche en la caravana; luego le aguardaban siete días a lomos de un burro hasta el corazón de la cordillera. Su destino: San Lázaro del Silencio, un caserío perdido entre los picos más altos. Martín se dejó arrullar por el bamboleo de la carreta y, antes de darse cuenta, soñó de nuevo ángeles llorosos y flores que susurraban con las voces de los muertos.
El cochero lo despertó con una sacudida poco amable. Sus manos estaban frías y su caperuza perlada de rocío le ensombrecía los ojos.
—Pronto llegaremos a Campanario, señor —gruñó—. Serán tres monedas de plata, por favor. Puede bajar un rato a estirar las piernas, si gusta.
Martin parpadeó, cegado por el sol que invadía la cabina. Siguió el consejo del cochero y salió de la carroza. Las montañas dominaban ahora el paisaje, proyectando largas sombras que les negaban la luz del alba a los habitantes del valle. Observó a los demás pasajeros bostezando y paseando perezosos. Al frente de la caravana, el camino zigzagueaba entre las colinas, perdiéndose en la distancia.
—Tres platas, por favor —insistió el cochero.
—Ah, perdóneme, buen hombre. ¿Puedo preguntar por qué nos cobran ahora? Seguimos en medio de la nada.
Justo en ese momento, se escuchó un impacto, seguido del llanto de una mujer. Un cochero amenazaba a una pareja con un mosquete mientras otro descargaba el equipaje al lado del camino.
—¡Tengan piedad! ¡Mi padre nos espera en el pueblo, él tiene dinero! —suplicaba el hombre mientras su mujer sollozaba.
Martin miró a su cochero, y este se limitó a bajar los ojos hacia su bolsa. Martín asintió, apretando la mandíbula hasta que le dolieron las muelas. Abrió la bolsa y pescó las últimas tres platas de entre las moneditas de cobre que le quedaban, y las estampó sobre la palma del cochero. Los llantos de la mujer se perdieron en el palpitar que inundó la cabeza de Martín, envolviendo su visión en un ardiente túnel rojo. Solo cuando el cochero levantó las manos en un gesto conciliador, se despejó la niebla.
—…Mese, amigo, todo está bien —dijo, mientras se alejaba sin darle la espalda—. Nos vamos en cinco minutos.
Las súplicas de la pareja se volvieron insultos cuando la caravana se puso en marcha. Martín oyó un par de piedras rebotar contra la madera. Tenía la nuca tensa y las sienes le retumbaban con un dolor sordo. Así que sacó uno de los frascos de láudano que había traído, retiró el corcho y vertió unas gotas sobre su lengua. Dejó que el ardor bajara a su pecho y respiró hondo mientras el dolor cedía y los gritos se quedaban atrás.
Posted Aug 12, 2026, 8:21 PM UTC