[OC] FRAGMENTO DE LA TRÍADA EXISTENCIAL: JALISCO (ÉPOCA CRISTIADA)

Su piel es del color del trigo tierno, pero más suave que la porcelana y resbaladiza como rebozo de seda. Tiene su frente despejadita, igual que una virgen, y sus cejas son tan bonitas como las de Virginia, mi hermana. Sus ojos son los más grandotes que he visto; y eso que la Zaina dice que con sus ojazos enloquece a cualquier cabrón. Pero ni con todo lo que se pone en los párpados los tiene del tamaño de Mati. Grandotes y rasgados: de color azul clarito, más cristalinos y llenos de luz que los del tío Pedro. ¡Miran tan bonito! Se me queda viendo, sin decir nada, y yo creo que la veo como borrego, porque se le pone más tierna la mirada y me acaricia los cachetes. Luego hace seguro lo mismo —ella dice que «sepa: ha de ser un impulso»—, pero siempre, después de poner en sus ojos esa mirada que es lo primero que pienso cuando me despierto en las mañanas, me da de besos. Hasta que a veces nos duelen las mandíbulas y descansamos callados por un rato.

Sus labios son gruesos y del color de las rosas del huerto de don Tomás. Tiene la boca más bonita y bien formada que he visto; sus dientes son tan blancos que a veces fosforan en la noche, todos parejitos, como los de la muchacha tan chula de la foto del tubo ese que llaman pasta dental, que tiene don Casto a la entrada de la botica.

Sus cachetes se ruborizaban antes, cuando me veía pasar. Ahora, cuando la beso —así como me dijo la Zaina que le hiciera para ver si era cierto que «muy hembra, la pendeja»—, se ve tan hermosa: su carita roja, pero poquito, y sus ojos cerrados, pegando unos suspirotes y apretujándose tan fuerte y serpentina que no le pide nada a las güilas que se dicen muy mujeres y experimentadas; diciéndome mi nombre una y otra vez. Su pelo es lacio y liso como la crin del palomino cuarto de milla, propiedad de mi abuelo; así de abundante y suave, y le llega arriba de la cintura.

Ahora pareciera que tuviera más chiquitos los hombros, pero es porque le crecieron bien preciosas las caderas. Veo la diferencia que hay entre el grueso de sus bracitos —¡no se digan sus canillas!— y lo gruesas y torneadas de sus piernas. ¡Mi Diosito, esas caderas que se le pusieron!... Y sus posaderas: bien redondas y más grandes que las de la Zaina. Una cinturita que casi abarco con mis manos y sus tejocotes, ¡nombre, ya son unas naranjas! Que luego se le andan saliendo cuando se pone sus blusitas de la edad de la primaria y ¡me da un coraje! Ella me dice: «Y ¿qué hago, mi güerito? Si mi mamá se hace que la virgen le habla y no me compra nomás nada».

Por eso el otro día que me gané una buena propina por desbrozarle el baldío a la Roberta, me fui a la miscelánea donde venden la ropa esa de moda; le compré las tres blusas para las que me completó y se las llevé. Fue la primera vez que me dijo: «¡Mi amor, eres tan bonito conmigo! ¿Qué haría yo sin ti?».

Yo, Juan el Bronco, ¡era el amor de la Mati!

Posted Sep 12, 2026, 9:33 PM UTC

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