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Esa noche

Era 23 de febrero de 2013.

Hay fechas que uno recuerda porque están escritas en algún lugar, y hay otras que permanecen porque, de alguna manera, terminaron escribiéndose dentro de uno.

Aquella fue una de esas.

Ese día tenía dos compromisos: tocar con mi banda en una iglesia y encontrarme con una muchacha. Tal vez por eso me preparé con más esmero del habitual. Me puse unos jeans, unos tenis grises tipo Vans, una camisa y un suéter gris.

Incluso lavé muy bien mi auto.

Y eso, viniendo de mí, ya era decir bastante.

No siempre lo hacía, pero esa tarde quería que todo estuviera bien. Había imaginado que, al terminar, podría llevarla de regreso a su casa. Quería que el coche estuviera limpio, presentable, como si al ordenar aquellas pequeñas cosas pudiera también ordenar los nervios, la expectativa y esa ilusión que uno intenta disimular cuando todavía no sabe qué lugar ocupará alguien en su vida.

Al final no ocurrió.

Sus padres fueron por ella.

Y, sin embargo, todavía recuerdo haber lavado aquel auto.

Quizá porque, sin saberlo, ya me importaba causar una buena impresión.

Cuando llegué a la iglesia, la vi por primera vez.

Y aún hoy puedo reconstruirla en mi memoria.

Tenía el cabello corto, la piel muy clara y unos ojos grandes, de una ternura serena. Llevaba un pantalón negro que delineaba con elegancia su figura y sus piernas firmes, y una blusa cuyo color se ha perdido con los años, como tantas cosas que el tiempo decide borrar sin pedir permiso.

Su rostro, en cambio, permanece.

Era muy hermosa.

No de una manera que necesitara explicación. Para mí, simplemente lo era.

Sus labios eran ligeramente amplios, de líneas suaves, y cerca de una de las comisuras descansaba un pequeño lunar, discreto, casi imperceptible. Uno de esos detalles que quizá nadie más habría considerado importante, pero que mi memoria decidió conservar con una precisión inexplicable.

Después escuché su voz.

Era una voz de mezzosoprano, ligeramente ronca, con un matiz norteño que le daba carácter. Había en ella una mezcla curiosa: firmeza en la voz y dulzura en la mirada.

Ese contraste me cautivó.

Recuerdo haber pensado que nunca había visto a alguien como ella.

El concierto continuó. La música, las luces, los instrumentos, las voces, la gente. Todo aquello que en ese momento parecía ocupar el centro de la noche terminó convirtiéndose, con los años, en el fondo de una escena mucho más importante.

En algún momento, el cantante dejó de cantar y comenzó a hablar.

Habló del dolor.

De la ansiedad.

De la depresión.

De esas heridas que algunas personas llevan en silencio y de esos instantes oscuros en los que alguien puede llegar a pensar que ya no quiere continuar.

Entonces ella caminó hacia el frente.

Recuerdo ese momento con claridad.

Mi primera reacción no fue romántica ni valiente.

Fue miedo.

Por un instante pensé en lo que significaría acercarme sentimentalmente a alguien que quizá cargaba con un dolor tan profundo. Pensé en todo aquello que todavía ignoraba de ella, en las historias que podían esconderse detrás de aquellos ojos que, apenas momentos antes, solo había contemplado por su belleza.

Sentí temor.

Pero algo cambió dentro de mí.

Poco a poco, el miedo fue cediendo su lugar a otra cosa.

Primero fue ternura.

Después, compasión.

Y entonces dejé de pensar en alejarme.

Quise acercarme.

Quise estar a su lado.

Quise poder abrazarla.

Cuidarla.

Amarla.

Y comprendí —o al menos creí comprender— que aquello era distinto de la atracción que había sentido desde el primer instante.

Porque la atracción ya estaba ahí.

Había llegado apenas la vi.

Pero esto era diferente.

Más profundo.

Más vulnerable.

Más difícil de explicar.

Yo lo llamé amor.

Tal vez era demasiado pronto para darle ese nombre. Con los años entendí que el amor también se construye: necesita tiempo, conocimiento, decisiones repetidas, heridas compartidas, perdón, desencuentros y permanencia.

Pero aquel muchacho que yo era todavía no sabía nada de eso.

Solo conocía la intensidad de lo que sentía.

Y sintió amor.

Durante mucho tiempo creí que aquello había sido la voz de Dios diciéndome que ella sería la persona con la que debía estar.

Hoy lo entiendo de otra manera.

Creo que confundí la fuerza de aquel momento con una certeza divina. Quizá, a esa edad, necesitaba pensar que un sentimiento tan intenso tenía que venir de un lugar más alto que yo mismo.

Pero el tiempo me enseñó algo distinto.

No fue una voz del cielo la que decidió aquella noche.

Fui yo.

Fue mi corazón.

Un corazón joven, ingenuo, lleno de esperanza y completamente incapaz de imaginar todo lo que vendría después.

Aquel corazón decidió entregarse a ella.

Sin garantías.

Sin conocer el futuro.

Sin saber qué heridas aparecerían.

Sin saber cuánto pueden cambiar dos personas con el paso de los años.

Sin tener certeza siquiera de ser correspondido de la manera en que soñaba.

Simplemente decidió hacerlo.

Y tal vez por eso aún puedo recordar tantos detalles.

Los jeans.

Los tenis grises.

El suéter.

El automóvil recién lavado que nunca llegó a llevarla a casa.

Su cabello corto.

Sus ojos grandes.

Su voz ligeramente ronca.

El pequeño lunar junto a sus labios.

Y, sobre todo, recuerdo a aquel muchacho que, en medio de un concierto, vio a una mujer caminar hacia el frente cargando un dolor que él todavía no podía comprender y que, en lugar de sentir solamente deseo o curiosidad, sintió dentro de sí una necesidad casi inexplicable de acercarse y permanecer.

Era 23 de febrero de 2013.

La primera vez que la vi.

Y quizá también la primera vez que comprendí que hay personas que entran en nuestra vida antes de que sepamos siquiera cuánto espacio llegarán a ocupar en nuestra memoria.

Posted Sep 28, 2026, 4:42 AM UTC

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